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Crónica corta sobre San Librario: Un Santuario de Libros en Bogotá; todo un universo mágico de la lectura.

Por Miguel Matus Alvarado

San Librario no es un santo, es un templo de libros ubicado en el barrio Quinta Camacho de Bogotá, en una aislada habitación de una antiquísima casa inglesa, en la que reposan para la venta cientos de libros de filosofía, historia, literatura universal y poesía. Es tal la cantidad de libros, y tan saturadas están los estantes, que Camilo Patiño, un viejo de barba grisácea y aspecto de sabio, tiene que agruparlos como pueda. Esto genera cierto desorden y poco espacio para caminar cómodamente sin siquiera pisar algún libro o tropezar con la escalera de madera utilizada para trepar las altas estanterías.

Al entrar, veo a Camilo, ocupado leyendo una revista al lado de un computador curtido por el polvo. “Siga joven, adelante, qué se le ofrece”. Dice el viejo con acento cachaco. Con el ánimo entablar una conversación, pregunté: “¿Tiene usted el Pesa-nervios de Antonin Artaud?” Se levanta de su silla, pone sus gafas sobre la nariz y en el intento de la búsqueda, sonríe y me dice: “No, ilustre, ese no lo tengo, pero regáleme su número de teléfono y se lo encargamos”. En esta pequeñísima librería, se encuentra el libro que uno quiera. Y como si fuera poco, el que no lo tienen se lo encargan en un par de semanas.

Preguntando y preguntando autores pasé largo rato, algunos libros los ojeaba y el que me interesaba preguntaba su precio o leía el prólogo. Al rato, entró una joven, por su aspecto presumí que era una estudiante. “Buenas tardes señor, ¿por casualidad tiene algo de Paulo Cohelo?” , el veterano cambió su acostumbrada sonrisa, y le respondió con voz cortante: “ No niña, a la vuelta, en la 72, queda Panamericana”. Me causó cierta curiosidad el cambio repentino de semblante y cuestioné: “ Don Camilo, ¿Le gusta Cohelo?”. Soltó una risotada irónica y exclamó: ¡Cohelo es asqueroso!, es aberrante utilizar la literatura para dar consejos de cómo vivir”. Guardé silencio por unos minutos y me detuve a ver los títulos de Sor Juana Inés de la Cruz. Camilo me miró con recelo y afirmó contundentemente: “Esto no es un lugar para venir a comprar libros religiosos. No es que tenga prejuicios contra la religión, eso sería muy estúpido de mi parte. Pero, muchacho, cómo no voy a tener a la más grande poetiza de América Latina en mi librería; lo que si aborrezco es esos libritos de superación personal y esas vainas”. Es claro, allí solamente están interesados en literatura pura, jamás encontraría en este lugar un vademécum de medicina o un manual de periodista.

Hablamos largo rato de su historia como librero. Comentaba, entre carcajadas y metáforas, que el desde muy joven era un devorador de libros. En sus noches, cuando el insomnio lo cobijaba, se ponía a leer libros hasta muy entrada la noche. En su época, sus padres no tenía mucho dinero y no lo enviaron a la universidad. “De fundas terminé el bachillerato” decía con orgullo mientras contemplaba un libro, “además no me gustaba la universidad”.

En los 70’s, pensó en los libros como un negocio. Invitó a su amigo Nicolás Suescún a abrir una librería y dedicarse, desde ese entonces, a vender libros en la Candelaria. Ese negocio fracasó porque se la pasaba tomándose sus roncitos, otra de sus grandes pasiones. Además dos atracos ocurridos en la librería, marcarían un gracioso recuerdo de su carrera como comerciante. “Atendía en pijama, enguayabado y medio dormido”. Camilo, utilizaba el local de la candelaria para dormir, tomar y contar historias con sus amigos cuando la clientela escaseaba.

Después de eso, un día cualquiera, tres amigos le proponen montar de nuevo una librería. Esta vez, en sociedad. María Luisa Ortéga, profesora de literatura de la Universidad de Los Andes; Claudia Cadena, editora de importantes revistas; y Álvaro Castillo. Éste último, un poeta mucho más joven que él y considerado su gran amigo. De tres ateos y un creyente: San Librario deciden ponerle a la Sociedad.

Hoy en día, San Librario es considerada una de las más prestigiosas librerías de Bogotá. Mucha gente, de otros lugares del país, acuden a ella como último mecanismo para encontrar las obras literarias que alguna vez creyeron imposible de conseguir.

Asegura Camilo, que gracias a la hospitalidad de sus dueños, su santuario de libros, ha ido progresando a pasos agigantados. “A los espacios los hace las gentes” me dice, golpeando mi espalda con una cariñosa manotada. “Me parece espantoso que yo llegue a un negocio y me atiendan con antipatía… Por más encantador que sea el sito, me iría a los cinco segundos”.

Me despido con un fuerte apretón de manos y allí, de nuevo sentado, Camilo se queda “esperando algún cliente que cruce la puerta y entre en busca de algún libro perdido”. Como se lee en un viejo recorte de periódico que está enmarcado detrás de su escritorio.