Stewart Home

por Javier Calvo

Puede parecer una tontería, o por lo menos raro, pero en este blog nunca escribo de las cosas que me gustan de verdad. Escribo de cosas que me gustan, hasta de cosas que me gustan mucho, pero hay un núcleo duro de pasiones literarias o musicales que evito mencionar. Alguna vez me he preguntado por qué, pero la razón es evidente. Las cosas que nos apasionan de verdad nos las guardamos para nosotros. No nos hace falta compartirlas ni hacerlas públicas. De hecho, cuando más privadas sean mejor. Yo he mencionado muchas veces, en entrevistas, por ejemplo, cuáles son mis pasiones literarias, pero lo que me gusta es disfrutarlas en solitario.

Me importa un pimiento lo que le parezcan al resto del mundo. Mis escritores privados y yo nos relacionamos en privado, muchas gracias. Ese mundo secreto es esencial. Es lo que le da sentido a nuestra vida de lectores. La familia de fantasmas que pueblan el castillo encantado de nuestra mente. Algo intransferible, incomunicable. Sin ese núcleo duro, no nos molestaríamos en leer el resto. De hecho, probablemente leemos el resto para poder seguir comparándolo desfavorablemente con nuestra familia de fantasmas.

A la edad que tengo, he conseguido reducir (creo que con éxito) mi elenco de lecturas sagradas a un número razonable. Diez escritores deberían ser el límite, creo yo. Más de diez me parece una adulteración. Mi meta es alcanzar un punto en la vida en que ya solamente lea a esos diez. En mi caso, los muertos: Perucho y Cirlot, Pamela Travers, Lovecraft, Crowley, B.S. Johnson. Y los vivos. En primer lugar Iain Sinclair, mi mago, mi ángel de la guarda. El proverbial escritor que me llevaría a una isla desierta. Y después, en segundo lugar incontestable, Stewart Home. El mago y el bufón.

Podría escribir páginas y más páginas sobre Stewart Home, pero la verdad es que me costaría esfuerzos terribles porque me gusta demasiado como para racionalizarlo fácilmente y explicar lo que me parece. Y además, claro, es una pasión esencialmente privada. ¿Para qué estropearla escribiendo sobre ella? ¿De qué Stewart Home estoy hablando? Bueno, no del ensayista, al que he seguido de forma más bien intermitente, ni tampoco al narrador de los 80 y los 90, aunque amo con locura su obra de esas décadas, una sucesión delirante de parodias de género que mezclan la exploitation, la estética skinhead y el porno, apropiándose sus modelos de una forma que las acerca al gesto artístico conceptual.

Hablo del Stewart Home de la última década, autor de cinco novelas que han cambiado mi vida: 69 Things To Do With A Dead Princess (2002), Down & Out In Shoreditch and Hoxton (2004), Tainted Love (2005), Memphis Underground (2007) y hace menos de un mes, Blood Rites of the Bourgeoisie (2010). ¿Y por qué escribir aquí de Stewart Home, cuando acabo de anunciar que nunca escribo de los libros que me apasionan? Precisamente porque acabo de leer esta última novela y estoy anonadado y seguiré estándolo durante unos días.

Blood Rites of the Bourgeoisie es una sátira salvaje del mundo del arte londinense, protagonizada por un curator detestable llamado Time Server y un artista incendiario transexual, Suicide Kid, comprometido con llevar su visión de una exposición basada en su invención de una literatura abstracta al ficticio museo MoMa de Londres, donde Time Server trabaja. Al mismo tiempo, Suicide Kid ha creado el ArtWhore Virus, su verdadera obra maestra y la máxima expresión de una ética basada en la obscenidad y el insulto (dos artes que Home domina), la exposición implacable de la condición degradante y meretricia del arte y la cultura, esos ritos sangrientos de la burguesía de los que habla el título.

Fuente: El blog de Javier Calvo

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