Manuel Cepeda Vargas: un manual de dignidad

Por Armando Orozco Tovar

Ahora cuando “Uribito” le pone la lápida en el cuello a su hijo. Cuando se han robado la tarja del monumento a su padre Manuel Cepeda realizado por el escultor payanés Edgar Negret, que restauramos una mañana de domingo hace algún tiempo con poemas, palabras, discurso, canciones y silencios cerca del alimentador de la estación “Banderas” del Transmilenio, que debía llevar su nombre como lo determinó el Concejo para esa avenida donde en un comienzo de agosto lo mataron.

Ahora, cuando llueve sin parar y son las tres de la mañana, recuerdo a Manuel, el padre de Iván y de María, cuando yo lo llamaba a esta misma hora a su apartamento desde el semanario Voz, donde trabajaba, para preguntarle qué debía hacer con una palabra, un pie de foto, un texto para la edición que se preparaba. Y él, ese ser excepcional que la vida me dio la oportunidad conocer de cerca, me respondía sin enfado: “Camarada, hágalo así…”. Más tarde como a las siete lo veía entrar bañadito al periódico casi corriendo con una radio de pilas en la oreja para informarse de las noticias del exterminio de la Unión Patriótica que venía dándose en aquellos meses finales de los 80.

Por esos días el mango de la guadaña lo sostenían con destreza los paras, narcos y militares, como también la infinidad de hacendados, políticos y miembros del gran capital financiero, nacional y extranjero conformantes del estado colombiano. De esta forma iban cayendo los familiares, los amigos, los conocidos, los compañeros de lucha y de infierno de todos los días, uno tras otro, y Manuel como un hoplita espartano al frente del periódico más investigativo, denunciante y atacado, descubridor del entrelazamiento existente en aquel momento del Estado como clase dominante con el narcoparamilitarismo, el que surgía con toda su fuerza y que no ha terminado de irse.

Era “La Voz” (y sigue siéndolo) el más valiente medio de comunicación y sus participantes, como no ha existido en la historia colombiana, y sus cuantos periodistas acompañantes de Manuel cada día con Alberto Guerrero, el financista, un obrero que con honestidad, claridad ideológica y política hacía posible cada nueva edición la cual llegó a lanzar hasta 40 mil números semanales (salía los jueves) que se distribuían en todo el país con heroísmo sin igual porque por cada número que se vendía, caían asesinados muchos compañeros por laderas, caminos, veredas, pueblos y ciudades, que la oligarquía narcoparamilitar exterminaba sin compasión a sangre y fuego como lo había hecho en los peores años de la violencia liberal-conservadora, antes de que se uniera en un Frente Nacional el capital agrario con el capital financiero.

¿Pero quién era Manuel Cepeda Vargas, el compañero de Yira Castro y padre de Iván y de María?

Era un poeta, un artista pero ante todo un dirigente político revolucionario en el mejor sentido del término. También un educador de cada momento con su pensamiento, palabra pero fundamentalmente con su ejemplo de entrega, entusiasmo, trabajo y claridad, cualidades que deben caracterizar al dirigente que pretende transformar a su pueblo, como también lo fue Yira Castro, otro ser excepcional al cual tuvimos la oportunidad de conocer y trabajar con ella en nuestra primera juventud.

¡Qué va a saber Uribito que ha existido en nuestra patria esta clase humanos, que como diría el maestro Luis Vidales, “son seres de alma limpia”! Como ahora lo es su preclaro y sereno hijo Iván, ese joven, estudioso, veraz, filósofo preparado que descubrió con insistencia y riesgo a los “Uribitos” que habían asesinado a su padre y que hoy nos representará a todos como Representante a la Cámara de diputados desde las toldas del Polo Democrático Alternativo que lo eligió. Manuel Cepeda fue un manual de dignidad y un poeta y artista verdadero. Escribió entre otros “Balada de los hombrecitos anónimos”.

Los caballitos de la semana

Siete caballitos tienen la semana
Y no se sabe cual va más cargado de gente
Cuál va más tísico
más cercano a la tumba.

Cada hora es un día,
cada día un año,
cada año es un siglo.

Buen día, mal día caballito,
Espero que los hombres te envidien la hombría
Que la muerte tenga piedad de ti.

Eres obrero sin derecho de huelga,
Prohibido espantarte,
Prohibidos pactos colectivos
Y mucho menos pliegos petitorios.

Estamos en la pre- esclavitud.

Y una locomotora arrastra todos los vagones
Y el humo oscurece el rostro del caballo de fuerza,
Tomo mi café
Como mi pan
Y oigo cómo relinchas en cada miligramo de alimento.

Siete días tiene el padecimiento,
Siete caballitos
Arrastran el carro de la muerte.

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