La novela negra latinoamericana (fragmento)

Amir Valle

El ámbito de lo citadino, los límites de la urbanidad social, el concepto literario de “ciudad” en la narrativa latinoamericana escrita en Cuba durante los últimos 20 años, adquiere una esencia más compleja a partir de la publicación y éxito de crítica de un amplio grupo de novelas escritas por autores que habían propuesto, a fines de los años 70 y principios de los 80, algunas obras con un nuevo sello en este ámbito, pero siempre aisladas de cualquier proyección fenoménica. Con la aparición de nuevas obras de Rubem Fonse­ca en Brasil, Paco Ignacio Taibo II en México, Daniel Cha­varría y Justo Vasco en Cuba, Ricardo Piglia y Vicente Battista en Argenti­na, y Luis Sepúlveda en Chile, según la crítica literaria especializada de esos países se abre un proceso de

«atomización de la marginalidad y la entrada al escenario cultural isleño de un enfrentamiento tirante entre los códigos artísticos impuestos por los influjos políticos, económicos y sociales de la megahistoria y los códigos de supervivencia social de un ente que comenzaría a denominarse Marginalia, retomando la contienda iniciada en los primeros años del proceso revolucionario, a nivel cultural, con obras como PM en el cine, Andoba en el teatro y la llamada narrativa de la violencia (básicamente los sectores y códigos de marginalidad introducidos por Eduardo Heras, Jesús Díaz y Norberto Fuentes en sus relatos); un proceso truncado por conveniencias y miedos políticos, como bien ya se sabe».

Esta tesis, que el colombiano Mauricio Tejera aplica al caso cubano, puede aplicarse al resto de los países del continente, donde males como el recrudecimiento de la pobreza, la inoperancia económica de los gobiernos de turno, la corrupción política y social, entre otros muchos males, van sentando los cimientos de un cambio de conciencia social, a partir del cambio de la estructura social y la aparición, de modo preponderante, de amplísimos sectores marginales que conformarán, entonces, ese nuevo ente socio-poblacional llamado Marginalia.

Llegado a este momento debemos intentar esclarecer algunos términos a partir de preguntas cómo: ¿es la novela negra para este nuevo milenio lo que fue la novela realista para las grandes literaturas europeas? ¿Podemos hablar de novela negra, novela policial o policiaca?

Estas dos preguntas se hallan, en la actualidad, en el centro mismo de los debates que internacionalmente se realizan sobre esta modalidad de enfrentamiento al género por excelencia del siglo XX y que parece será también el género del siglo XXI: la novela. Dos preguntas que, sea en cualquiera de los eventos teóricos regionales de la Asociación Internacional de Escritores Policiacos, en las reuniones y mesas redondas o ferias y eventos a las cuales asisten sus más prestigiosos miembros, o sea en la ya tradicional Semana Negra de Gijón, en Asturias, a mediados de cada año, constituyen un espacio reiterado para reflexiones y polémicas de críticos, periodistas, escritores y público.
De algo no cabe duda: dentro del género mayor de la novela es precisamente esta modalidad la que más cambios ha experimentado en los últimos 15 años.

Por un lado, este tipo de novela, que arrancó con aquellos ya lejanos pero imprescindibles cuentos de Ed­gar Allan Poe y continuó creciendo con la pluma magistral de Arthur Conan Doyle, Agatha Chris­tie, Raymond Chandler o Dashiel Hammett, por sólo citar a los de más escandaloso éxito, comenzó a permearse de muchas de las corrientes filosóficas y sociológicas de estos últimos años y fue adaptando su lenguaje, su universo ficcional y su husmeo crítico a la nueva realidad que vivía el mundo. Mencionaré solamente la que, en mi opinión, tiene que ver más con las tesis defendidas por uno u otro autor, de latitudes e idiosincrasias distintas, en la mayoría de las obras publicadas en el periodo: el fin de las ideologías y de la historia y, con ello, la pérdida de grandes valores humanos en la sociedad moderna contemporánea.

Por otro lado, esta forma de enfrentarse a la novela a partir de la elección de un tema ha sido también la que más ha bebido de los continuos cambios ocurridos en el mundo de las artes, las letras y el pensamiento contemporáneo.

Mencionaré solamente los cuatro grandes sucesos de fines y principios de siglo que han influido en el pensamiento novelado de la mayoría de los escritores de esta modalidad: el impacto de las nuevas tecnologías aplicadas al cine, al video, a la televisión y a los mass media; el impacto del fenómeno cultural (literario también) conocido como posmodernidad; el impacto del establecimiento de un pensamiento comercial universal en relación con el libro y su valor de uso como mercancía, más allá de sus valores literarios (recuérdese la introducción del best seller y los cambios que ha ido llevando hacia el terreno de la “literatura seria”); y el impacto de la extensión global de la información en el mundo mediante la introducción del moderno y cambiante espacio virtual de la computación, aplicada a su más multitudinario suceso: la internet.

Sólo teniendo en cuenta estos presupuestos podemos entrar a respondernos las dos preguntas:

1) ¿Podemos hablar de novela negra o novela policial o policiaca?

Podemos asumir la más generalizada de las opiniones coincidentes: para que exista esta modalidad, es necesario que haya un crimen o un enigma por resolver. La diferencia radicaría entonces en que novela policial o policiaca es aquella en la cual interviene el esquema crimen o enigma vs agente del orden establecido por la sociedad, mientras que la novela negra establecería el esquema simplificado a crimen o enigma vs agente.

Por generalidad, en el primer caso, suele entenderse que debe aparecer, luchando contra el crimen, el delito o a la busca de ese enigma por resolver, cualquiera de los agentes que la misma sociedad ha establecido para estos fines: policías, agentes de instituciones estatales no netamente policiales (FBI, Seguridad del Estado, por ejemplo), etc. En el caso de la llamada novela negra la participación de los entes que se enfrentan al crimen, al delito o al enigma se amplía a una gama de personajes que no están vinculados directamente al esquema represivo establecido por la sociedad para esas tareas: detectives privados, abogados, periodistas, gente común y hasta los mismos que delinquen o forman parte vital del mundo al cual deben enfrentarse.

Veámoslo de otro modo: desde el enfoque al mundo novelado. Si el objetivo básico de la novela policiaca es la revelación de un enigma, crimen, la justicia sobre un delito y, en esa misión, el mundo novelado en el cual transcurren los hechos aparece como una referencia, ambientación; el objetivo de la novela negra es mostrar, reflexionar, revelar las zonas putrefactas, oscuras, los grandes traumas humanos, los inmensos desastres sociológicos, que ocurren en ese mundo donde ocurrió el crimen, el delito o donde está el enigma a resolver.

2) ¿Es la novela negra para este nuevo milenio lo que fue la novela realista para las grandes literaturas europeas?

Ciertamente, lo es. Ha sido un consenso en todos los foros de discusión sobre el tema que la novela negra, precisamente por ofrecer una visión crítica, reflexiva, analítica, sobre la sociedad donde ocurren los hechos delictivos que sirven de pretexto para la elaboración del mundo novelado, se ha ido convirtiendo en un inmenso álbum testimonial de la decadencia de la sociedad moderna, de sus males más enraizados, de sus grandes traumas históricos y sociológicos, y (justamente por llevar siempre el enfrentamiento del universo humanista, ético, civil, hacia esas desgracias) también es un espacio donde se testimonian los valores que han podido salvarse dentro del desarrollo de la especie humana y de su sociedad.

Si Marx aseguró que podía conocerse mejor la historia de la Francia del siglo XVIII leyendo a Balzac, hoy puede decirse que puede conocerse mejor la real historia del mundo moderno (recuérdese que se ofrece otra visión en las transnacionales de la información que dominan el planeta) leyendo a Manuel Vázquez Montalbán, Paco Ignacio Taibo II, Lawrence Block, Andrea Camilleri, Leonardo Padura y otros escritores que desde muchos países del mundo establecen la fortaleza de esta modalidad dentro del género. La mayoría de las novelas negras que hoy se escriben en el mundo realmente son incisiones muy profundas y críticas sobre la sociedad en la cual vive el autor. Son verdaderos estudios sociológicos que, por ello mismo, cada día son más utilizados como material de estudio por sociólogos, historiadores e investigadores de las ciencias sociales y el pensamiento moderno.

Durante la década de los 90, como resultado de la edición por editoras nacionales e internacionales de un amplio grupo de “novelistas negros” latinoamericanos (fenómeno que sucedía también en España a través de una decena de autores encabezados por Manuel Vázquez Montalbán, Francisco González Ledesma y Andreu Martín), se consolida el género que comienza a ser llamado en todos los escenarios teóricos novela negra o “neopolicial” (término acuñado originalmente por Paco Ignacio Taibo II para diferenciar el comportamiento de esta modalidad en América Latina, pero que hoy puede extenderse a escritores de Italia, Grecia, Reino Unido, Estados Unidos e Israel, por hablar de aquellos países con más desarrollo en los últimos años), y se hace centro de un conflicto cada vez más habitual en las ciudades de América Latina: las tensiones entre la megahistoria (entendida esta como aquellos sucesos históricos, sociales y políticos que marcan el desarrollo de una nación en una época determinada) y esa Marginalia a la cual ya nos hemos referido.

En otros de mis trabajos he escrito que el recrudecimiento de ese conflicto y su traslación ficcionada a las letras de los nuevos autores del género remueve los cimientos fundacionales de la mirada específica que había existido en nuestras letras para los conceptos “ciudad” e “individuo social como ente literario”, dos aspectos distintivos, diferenciadores y tipificadores de la actual novela negra o neopolicial latinoamericano. ¿En qué sentido se produce ese cambio en el nivel social? Veamos:

«los sociólogos hablan de una pirámide social. Arriba, en lo estrecho, en la punta, están los ricos, los que rigen los destinos. Abajo, en la amplia base, están los pobres, los dueños de los destinos que han de ser regidos. En el borde inferior de esa pirámide, en el rincón más invisible, el más oscuro, está la sociedad marginal. Se ha dicho que es una tesis opresiva, esgrimida por el poder, desde el poder, para mantener su estatus. (…) otra tesis suele ser más real: la pirámide invertida. Arriba, en lo ancho, en su rincón sólo en apariencia invisible la marginalidad rige. Al centro, la marginalidad rige. En la punta, donde los ricos siguen rigiendo los destinos ajenos, la marginalidad es asqueante.

No estamos hablando ya de ese bajo mundo, de esa entidad universal llamada bajo mundo, perfectamente localizable antes en nuestras sociedades, donde se mantuvo viva generando sus propios códigos de honor, sus reglas de convivencia, su lenguaje evasivo, sus historias. Decimos más: ese bajo mundo se ha extendido a toda la sociedad. La nueva ciudad latinoamericana real, entonces, es una sociedad marginal: los ricos y los políticos, con sus vicios y su doble moral, son marginales; eso que llaman “pueblo”, por su necesidad de sobrevivir bajo toda circunstancia es marginal; el aire que se respira, viciado con los vicios que tradicionalmente destinamos a la marginalidad, es también marginal. Todos somos marginales bajo ese concepto».

Fuente: Crítica

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