El día que Neruda me descubrió

Armando Orozco Tovar

Estaba por las calendas del 68, enterándome que el poeta chileno parecido a una morsa o ballena jorobada, puesto que cada humano tiene su semejanza con algún animal (si lo duda mírese largo al espejo). Dicen que Barba Jacob era un caballo y Vidales el sapo dibujado por el caricaturista Rendón.

El león marino demostraba aquella vez que aún tenía bueno el corazón al atreverse trepar a estas alturas como un cóndor, pues era también un ave de alturas, de esas que vuelan por los Andes del mundo. Lo había descubierto en las postrimerías de un bachillerato a trancazos cuando me prestaron uno de sus libros monumentales donde trashumaba con su poesía todo el continente: Se metía por sus resquicios dolorosos como nadie desde cuando Santos Chocano, el peruano que fuera superado notoriamente por el mestizo Vallejo, creador de un nuevo lenguaje poético mostrando la otra cara de la realidad de las cosas, puesto que todo tiene un espectro que sólo el verdadero poeta ve poniéndolo en palabras únicas y exactas.

Así lo hacía Neruda desde cuándo como un Rey Midas situaba en verso todo lo que tocaba y veía. Por aquellos días de su visita me sabía de memoria algunos de sus textos que me parecían maravillosos, y que aún me persiguen en altas noches como vampiros debiéndolos repetir desde la desmemoria de los años o calmando la angustia del olvido yendo en busca de ellos escondidos en mi pequeña biblioteca compuesta casi íntegramente de poetas de aquí y de allá. Pues sólo me atrae la buena poesía desde siempre, porque la mala no existe. De la misma manera que la luz se asemeje a un repentino brillo más cerca de la oscuridad que del esplendor.

¿Pero cómo quitarme al “león marino” de arriba? Su influencia me jodía cada vez que intentaba acometer versos. De su obra sus poemas amorosos me interesaban pero más la práctica de este ejercicio biológico… Su realidad. Trepándome a cuanta fémina daba el chance, para repetirle al oído mientras las cabalgaba en el potro de Simón Bolívar, algún verso de sus Veinte del aún no Nobel.

Ese día cuando a corta distancia por primera vez lo vi frente a mí en la Concha Acústica de la “Nacho” (U. Nal de Colombia) puesto que me situé muy cerca para conseguir su firma para el libro maltrecho comprado de prisa en las aceras citadinas, fue cuando “me miró como a un hijueputa”, gusano, entrometido, batracio, reptil o quién sabe que alimaña del trópico, que conocía él tan bien. Con una mirada como diciéndome: ¿De dónde sacó esta porquería, que ni siquiera lleva mi nombre? El memorioso olvidaba que ese título estaba dedicado a su amante. Lo había publicado anónimo para que “La hormiguita”, su mujer, no lo pillara.

¿Recuerdan ustedes la película “El cartero de Neruda”? Enamorado clandestino hasta las cachas en una isla italiana del Mediterráneo. -“Esto es pirata”, me dijo, acordándose que el libelo era suyo. -“Nadie me pidió autorización”… “No me pagaron ni un céntimo” pensó… “Estos malditos colombianos ladrones”, pensamientos que adiviné por su carota colorada como si se hubiera tragado un pote de chiles. Fue cuando saltó su mujer que estaba al lado de él, en aquel memorable recital del 68, la última vez que al “león marino” se le vio por estas encumbradas riveras sin mar. –“El está cansado, dijo, me dijo, pero el próximo miércoles le firmará el folleto que le trajo, porque va a estar en la Biblioteca Nacional…”.

Creo que aquel día perdí la virginidad de la modestia lanzándome sin vergüenza por los senderos poéticos cuando me asaltaban las ganas de hacerle el amor a la poesía como si fuera el mismo “león marino”… como si fuera uno de los grandes del trajinar con las palabras.

Fue cuando dejé el maldito recato de lado, a la hora de tratar de superar el papel en blanco, trabajando como un negro.

Alegría de Pío/ 30/ 5/15/ 4:00 a.m

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